lunes, 26 de mayo de 2008

El plantador de dátiles

En un oasis escondido entre los más lejanos paisajes del desierto, se encontraba el viejo Elihau de rodillas, a un costado de algunas palmeras datileras. Su vecino Hakim, el acaudalado mercader, se detuvo en el oasis a abrevar sus camellos y vio a Elihau transpirando, mientras parecía cavar en la arena.
— ¿Qué tal anciano? La paz sea contigo.
— Contigo –contestó Elihau sin dejar su tarea.
— ¿Qué haces aquí, con esta temperatura, y esa pala en las manos?
— Siembro –contestó el viejo.
— ¿Qué siembras aquí, Elihau?
— Dátiles –respondió Elihau mientras señalaba a su alrededor el palmar.
— ¡Dátiles! –repitió el recién llegado, y cerró los ojos como quien escucha la mayor estupidez comprensivamente
— El calor te ha dañado el cerebro, querido amigo. Ven, deja esa tarea y vamos a la tienda a beber una copa de licor.
— No, debo terminar la siembra. Luego si quieres, beberemos...
— Dime, amigo: ¿cuántos años tienes?
— No sé... sesenta, setenta, ochenta, no sé... lo he olvidado... pero eso ¿qué importa?
— Mira, amigo, los datileros tardan más de cincuenta años en crecer y después de ser palmeras adultas están en condiciones de dar frutos. Yo no estoy deseándote el mal y lo sabes, ojalá vivas hasta los ciento un años, pero tú sabes que difícilmente puedas llegar a cosechar algo de lo que hoy siembras. Deja eso y ven conmigo.
— Mira, Hakim, yo comí los dátiles que otro sembró, otro que tampoco soñó con probar estos dátiles. Yo siembro hoy, para que otros puedan comer mañana los dátiles que hoy planto... y aunque sólo fuera en honor de aquel desconocido,vale la pena terminar mi tarea.
— Me has dado una gran lección, Elihau, déjame que te pague con una bolsa de monedas esta enseñanza que hoy me has dado – y diciendo esto, Hakim le puso en la mano al viejo una bolsa de cuero.
— Te agradezco tus monedas, amigo. Ya ves, a veces pasa esto: tú me pronosticabas que no llegaría a cosechar lo que sembrara. Parecía cierto, y sin embargo, mira, todavía no termino de sembrar y ya coseché una bolsa de monedas y la gratitud de un amigo.
— Tu sabiduría me asombra, anciano. Esta es la segunda gran lección que me das hoy y es quizás más importante que la primera. Déjame pues que pague también esta lección con otra bolsa de monedas.
— Y a veces pasa esto – siguió el anciano y extendió la mano mirando las dos bolsas de monedas —: sembré para no cosechar y antes determinar de sembrar ya coseché no sólo una, sino dos veces.
— Ya basta, viejo, no sigas hablando. Si sigues enseñándome cosas tengo miedo de que no me alcance toda mi fortuna para pagarte.

8 comentarios:

MARNIE dijo...

Una historia estupenda, como todas las que cuentas..
Besos

Marnie

Camille Stein dijo...

lo que se siembra para otros repercute directa o indirectamente en nosotros mismos... ahora

una gran lección...

un beso

lamcmbm dijo...

Hola cuenta cuentos,

La bondad y la alegría que se siembran se recuperan con creces. Si se da, se gana.

Saludos,

Sara dijo...

Uffff! especialmente bonito...a esas personas que enseñan todo lo que saben, que saben enseñar, a mi tú no me das la segunda gran lección, con tus cuentos me das miles de lecciones y todas preciosas, interesnates, útiles, de amistad...
gracias mi amigo

PIER BIONNIVELLS dijo...

jo! me ha gustado mucho esta historia!..
que grande es la sabiduria del anciano..
te dejo abrazos.

a.d. dijo...

este cuento es buenisimo lo estaba buscando para compartir con algunas personas la importancia de dar, que el saber no es para que nos llenemos, sino para darlo a otros que se puedan beneficiar de ese saber.

Anónimo dijo...

Muy linda reflexion

Rolando antonio Solano dijo...

It was very interesting. From the small things one can learn big things